¿Por qué cambiar de profesión a los 35?

Si ya era difícil decidir qué hacer con nuestra vida a los 16 años, hacerlo después de los 30 debe ser aterrador.

Naaah, tremendo debe ser vivir tu vida y envejecer sin haberte atrevido a seguir tu vocación.

Ejemplos sobran. Pero como uno no debe hablar de lo que no sabe, no voy a contarle la vida de otros sino la mía.

En el último año de secundaria me tocó elegir una profesión. Mi prueba vocacional arrojó una capacidad visual casi perfecta, así como habilidades verbales destacadas e interés por las tareas documentales, las letras, el arte y las ciencias naturales.

¿El veredicto? Podía estudiar lo que quisiera, pero las carreras que me recomendaron – según mis inclinaciones – fueron: abogada, arquitecta, periodista, diseñadora y escritora. Diseño gráfico, la niña de mis ojos, y la razón por la que no elegí ser humanista.

No estudié diseño gráfico porque debía estudiar “una carrera de 5 años” y la única universidad que la ofrecía en aquel momento quedaba al otro lado del país. ¡Escoge otra cosa!. me dijeron. Padres, madres: lo mejor para sus hijos es dejarlos explotar sus potenciales no hacerles un mapa del tesoro.

Bueno, puedo ser arquitecta dije. Entré a una universidad top (USB) y me inscribí en el ciclo común con la esperanza de estudiar química. Ja, las vainas que uno inventa cuando es chamo.

Ese año, mientras creía tenerlo resuelto, disfruté cada segundo de las clases de literatura, de geografía económica e historia y de hasta las de inglés. Las matemáticas eran antipáticas, podía con ellas pero por qué insistir con algo que no me gustaba. Afortunadamente, nunca he sido masoquista.

Abrieron nuevas carreras en mi ciudad, entre ellas Comunicación Social. No tenía idea a qué trabajo tendría estudiando eso, pero sabía que si se trataba de leer, escribir y hablar, estaría como pez en el agua. Regresé.

Hace 4 años cuando comencé a dar clases en mi Alma Mater tenía un discursito para los estudiantes de primer semestre. Les decía que de todas las profesiones posibles había escogido la más versátil, la más completa, la más integrada a la sociedad en la que vivimos. Lo creo, en verdad.

Como comunicadora he tenido roles de periodista, colaboradora de revistas, locutora, directora de medios, fotógrafa, diseñadora, coordinadora editorial, agente de prensa, columnista, organizadora de eventos, editora de videos, community manager, creadora de contenidos y docente universitaria. También emprendí un par de veces.

A punto de cumplir una década de ejercicio profesional comencé a estudiar cocina. Un deseo viejo. Después de año y medio obtuve un título y fue la primera vez qué me pregunté: ¿Está bien comenzar desde cero?.

 

From scratch

Desde cero es un concepto muy importante en el arte culinario. Absolutamente todo lo que comemos comienza con una lista de ingredientes y la disposición del cocinero.

Los venezolanos hacemos arepas con harina precocida hace apenas 60 años. Sin embargo, llevamos 500 años comiéndolas y preparándolas del grano de maíz a la mesa, literalmente.

Es liberador saber que somos creadores. El único momento en que empezamos desde cero es cuando nacemos.

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En los demás momentos de reinicio, vamos llenos de aprendizajes, de habilidades y de conocimientos.

Con esa filosofía comencé a hacer periodismo gastronómico. Toqué todas las puertas que pude para que me dejaran hablar de comida y de sabores en un país convulsionado que ya mostraba signos de desbastecimiento y caos político. Creo que ese proyecto salió muy bien.

Pero llegó otro punto de quiebre y salí de Venezuela. Otro comienzo.

Los inicios son emocionantes (al menos para mí). Toqué la puerta en un restaurante para entrar en la cocina. Me ofrecieron ser camarera y por supuesto acepté. 

Servir a la gente siempre es un privilegio. Aproveché esos 2 meses para empaparme del vocabulario local y para poner en práctica la teoría de mis clases sobre atención al cliente. Cuando empezaba a sentirme cómoda a pensar en serio en retomar la gastronomía, complementar con barismo o estudios de sommelier, la balanza familiar cambió y necesitábamos otra logística (todos emigrantes con hijos saben de qué hablo).

Ser ama de casa resultó un reto aún mayor que tener un oficio de servicio.

Al mes me contrataron en una agencia. En mi actual puesto me dedico 100% al marketing y al desarrollo de contenidos digitales. Tuve que actualizarme doblemente. Primero por el lapsus tecnológico que vive Venezuela y segundo porque aunque sigo ejerciendo cambié de rubro, de país (y por tanto de español), de plataformas, etc.

 

Todos tenemos un propósito

La cosa es así.

Soy curiosa y me gusta urgar en la vida de la gente. Veo a diario personas con talentos increíbles que no se atreven a monetizarlos porque "estudiaron otra cosa" y "porque yo era aquello en mi país".

Conozco muchos ingenieros y abogados que serían excelentes mecánicos, instructores de yoga, orfebres, entrenadores físicos, músicos, reposteros, carpintero, guardaparques, cocineros o comediantes. Estoy segura que serían más felices.

Después están esas habilidades que no son consideradas como profesión en sí, pero a la que le ponen un valor porque satisface una necesidad. Así tenemos especialistas en organización de espacios, diseñadores de ropa para mascotas, coachs veganos y asesores para la compra acertada de libros.

En mi caso tuve una revelación: quiero seguir usando mis habilidades, quiero ampliar mis conocimientos, quiero estar más vinculada a la tecnología y más que nada seguir entendiendo a la gente.

¡Bingo! Todo lo que quiero se conjuga en una profesión que -como jugada del destino-  me devuelve a mi crush vocacional: el diseño.

Claro que esa historia se las voy a contar, pero no hoy. Aún está en desarrollo.

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Lo que realmente quería decirles con este post es que si se preguntan en medio de una crisis laboral ¿por qué cambiar de profesión a los 35?, solo tengo una respuesta:

 ¿Por qué no?.

 

Linny Suárez