La navidad venezolana

Hay muchas razones para odiar al chavismo.

Asesinatos impunes, violación de DDHH, muertes por desnutrición y falta de medicamentos, presos políticos, represión, cierre de medios de comunicación, destrucción de la industria nacional, corrupción descarada, crisis económica, caos institucional y fraude electoral son solo algunas. Para mí la razón más cruel, más condenable, más dolorosa, es la separación figurada y literal de las familias venezolanas.

La mayoría de la gente que conozco añora las reuniones familiares interminables, sufren por la distancia entre nietos y abuelos, entre tíos y sobrinos, entre hermanos. En consecuencia, mucha gente maldice al gobierno venezolano por entorpecer deliberadamente la movilidad de sus ciudadanos y existe una razón.

El venezolano ama la Navidad.

El mes de diciembre en Venezuela siempre fue sinónimo de felicidad. Aunque tradicionalmente se celebran muchas elecciones en el último mes del año, los resultados nunca crearon rupturas, separaciones o enfrentamientos. La política - por una buena y sensata razón-  terminaba en la puerta de la casa. Convivíamos en paz. “Éramos felices y no lo sabíamos”.

De dónde vino esa emoción por la Navidad no lo tengo claro. Lo cierto es que en Venezuela no tenemos estaciones, ni cambiamos de guardarropa, de menú o de hábitos durante todo el año, excepto en la recta final del año.

 

Las tradiciones de la navidad

Cuando llega el 1 de diciembre todo cobra vida. O al menos así era. Con la decoración de los arbolitos, el depósito de los aguinaldos y la puesta de los pesebres se potenciaba la alegría del venezolano.

En diciembre pintamos la casa, colocamos luces, hacemos hallacas, ponche de crema y ensalada de gallina. En el último mes de cada año comemos pan de jamón, torta negra, dulce de lechoza y horneamos pernil. Es el mes de la gaita zuliana, de las parrandas navideñas, de las fiestas entre vecinos, de las cenas, del intercambio de regalo, de sacar la maleta y atragantarse de uvas, de los fuegos artificiales, del estreno, de los deseos, del niño Jesús, del gentío, de encontrarse en casa de los abuelos, de comer recalentao, de las misas de gallo, del feliz año, de disfrutar la vida, los afectos y la solidaridad.

No lo voy a escribir en pasado.

El país atraviesa una coyuntura trágica que ha acabado con casi todas las tradiciones que nombré arriba y estoy consciente. No obstante, el país también ha redescubierto el verdadero valor de la celebración en familia, que no son las cajas de whisky, ni el freezer lleno, ni el mejor arbolito. En medio de las ruinas, el venezolano sigue tendiendo una mano a quién lo necesita, apostando por un futuro incierto pero posible, defendiendo incansablemente la paz, la justicia y la generosidad.

 

Los que nos fuimos tenemos una gran responsabilidad. Nos toca mantener ese espíritu intacto en nuestros hijos. Somos, queramos o no, embajadores de la pasión venezolana por la Navidad.

Todo cuenta.

Mandar un mensaje en el grupo de la oficina el primero de diciembre y que nadie la entienda. Perseguir las hojas de plátano para atreverse a hacer hallacas sin ají dulce pero con muchísimo corazón. Hornear pan de jamón después de hacer un curso en línea o con las instrucciones de otros cocineros amateurs. Discutir sobre ponerle  - o no - manzana a la ensalada de Navidad. Tararear gaitas, contagiar con la sonrisa y comprarse algo amarillo pa´ recibir el año.

Aunque no hemos sabido garantizarle a nuestros hijos un país decente para crecer, podemos preservar esa magia que por momentos nos hace creernos la gente más chévere del mundo. ¿Cómo lo hacemos? Pues, insistiendo en esa navidad mestiza, alborotada, permanente, sabrosa, alegre y colorida que una vez construimos como país.

Lejos, cerca, juntos o separados ¡Brindemos! Sepamos que lo que nos une no es un espacio físico, ni un pasaporte o un vocabulario. Lo que nos une, y siempre nos unirá, es lo que sentimos que solo otro venezolano es capaz de comprender. 

¡Feliz Navidad!